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La sierra de Velasco y los pueblos de la costa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Paseo por una zona de la provincia que es ideal para el descanso y la contemplación de la naturaleza. En la zona se pueden realizar cabalgatas , caminatas y pesca

 

La costa riojana está formada por una serie de pueblos silenciosos, rodeados de pinos, nogales y álamos que esconden decenas de casitas enclavadas al pie de las sierras del Velasco. La región posee un microclima ideal para dedicarse al descanso y la contemplación de la naturaleza. Las actividades que ofrece el lugar incluyen cabalgatas, trekking por las montañas y pesca de truchas en los arroyos de las quebradas. Al final del circuito, el pueblo de Santa Vera Cruz posee un extraño castillo de piedra y cemento que nos sumerge en un cuento de hadas.

 
La Costa
 

Nuestro viaje comienza en las sinuosas curvas del Faldeo del Velasco, por la Ruta Pcial. Nº 75. Estamos en la zona de La Rioja conocida como La Costa. A la vera de la ruta se extienden pequeñas llanuras cubiertas de jarillas amarillentas, con un fondo de cordones montañosos.
Al comienzo del recorrido aparecen una serie de pueblitos extraviados en medio de la nada, sumidos en un absoluto silencio. Los caseríos son apenas unas cuantas viviendas de adobe con techo de paja, de aspecto abandonado, que por lo general están frente a una capilla, a veces también de adobe. La vegetación entre un pueblo y otro es apenas una achaparrada arboleda donde sobresalen los cardones, esos cactus gigantes que se elevan hacia el cielo como dedos acusadores. Gracias a sus paisajes y a su clima privilegiado, La Costa se ha convertido en una región turística ideal para el descanso. La mayoría de los pueblos tiene alrededor de ochocientos habitantes, y hay casos como Santa Vera Cruz que no supera los ciento treinta pobladores estables.
Las casas están separadas unas de otras por extensas plantaciones de nogales y olivos que forman un microclima ideal en estos parajes semi-desérticos (la mayoría de los pobladores de la zona vive del cultivo de estos especímenes y de la cría de cabras). En algunos pueblos también se encuentran modernas casas de fin de semana y de veraneo, que pertenecen a gente de la capital riojana. Estas personas suelen instalarse aquí durante el verano para disfrutar de los trekking y cabalgatas por las montañas, pero por sobre todas las cosas se deleitan con el silencio y la tranquilidad que reina durante todo el año.

 

Los pueblos

 

Las Peñas es el primer poblado de la costa riojana, a 55 kilómetros de la capital. Lo componen una serie de casas entre enormes peñones de granito. Muchos visitantes se acercan a este paraje especialmente en el mes de enero para asistir al festival del quesillo que se realiza todos los años. Al costado de la ruta se levanta la Iglesia de San Rafael, construida con el dinero obtenido de la limosna de los viajeros.
Después de atravesar el pueblo de Aguas Blancas, llegamos a Pinchas. Allí, la excusa es visitar la casa de Doña Frescura, una conocida campesina que realiza en forma artesanal los mejores tapices de la región.
Al llegar a Chuquis nos sumergimos en la historia de La Rioja con la visita al museo de Pedro Ignacio de Castro Barros.
El poblado que le sigue es Aminga, la cabecera del departamento Castro Barros. Aminga es un lugar ideal para ir con niños: en la granja ecológica del pueblo pueden ordeñar vacas, entre otras actividades de turismo rural.
Nuestro viaje continúa hasta la localidad de Anillaco, el único pueblo con algunos indicios de urbanidad. A diferencia de los otros pueblos, todas sus calles son asfaltadas, posee una hostería y un hotel, además de confortables casas pertenecientes a personas de clase alta de la provincia y del resto del país. Al recorrer Anillaco se debe visitar el criadero de peces,. Además hay muy buenos negocios de venta de productos regionales.
A unos cinco kilómetros de Anillaco se encuentra Los Molinos, cuya plaza principal aún conserva los restos de dos molinos harineros del siglo XVIII, instalados por los españoles. Al recorrer los pintorescos callejones de tierra del pueblo se disfruta de la sombra generosa de los almendros, ciruelos, nogales y membrillos, que en tiempo de verano también prodigan abundante fruta para la producción de dulces artesanales.
Un silencio absoluto reina por todos los rincones de Los Molinos. Sin embargo, una vez al año el sosiego del pueblo se rompe cuando sus calles son invadidas por miles de riojanos que llegan cada mes de febrero para el Festival de La Plaza.

 

Anjullón

 

Anjullón, como todos los otros pueblos de La Costa riojana, carece de vida nocturna salvo en los festivales o las guitarreadas que se arman en el camping Cóndor Cuna en las noches de verano. Aquí la consigna es muy sencilla e intimista: entregarse al sosiego y la contemplación de la naturaleza, tratando de sintonizar con el ritmo de la vida pueblerina de los costeños.
Dejando atrás Anjullón transitamos un camino de subidas y bajadas que se acerca cada vez más a la montaña. A esta altura los cactus ya conforman una multitud que parece bajar del cerro en procesión. El camino nos lleva directamente hasta los pueblos de San Pedro y Santa Vera Cruz, el último poblado de La Costa riojana.

 
El pueblo del castillo

 

Al llegar a Santa Vera Cruz lo primero que se percibe es un ambiente silencioso con aroma a verde. El pueblo está rodeado de nogales, álamos, pequeños arroyos, y por sobre todas las cosas, un profundo verdor que avanza por todos los recovecos. Las casas están muy espaciadas unas de otras, con extensos jardines adelante y a los costados. La exuberancia de las flores parece ser el elemento común de la decoración en este pueblo: campanitas blancas, lilas y violetas; crisantemos rosados y fucsias, y cantidades de hortensias y dalias.
En medio de un gran valle, el pueblo se despliega sin mayores simetrías a través de callecitas de tierra que suben y bajan al antojo de las ondulaciones del terreno.
La columna vertebral de Santa Vera Cruz es el camino principal -y el único pavimentado- que traviesa el pueblo de punta a punta. Todos los demás son senderos de tierra con túneles de árboles que terminan al pie de la montaña.

Subiendo por la calle principal llegamos a la plaza del pueblo cubierta por un colorido jardín de flores y árboles. Al frente se levanta la Iglesia , construida íntegramente de piedra por los propios habitantes del pueblo.
El pueblo tiene un poco más de ciento veinte habitantes que poseen la amabilidad característica de la gente que vive separada de los centros urbanos. Aquí se puede realizar caminatas al costado del canal que baja de la quebrada como un tobogán de agua torrentosa. En el trayecto, nogales y cardones en flor, con el cerro del Velasco de fondo, componen una postal perfecta de La Rioja.
La mejor opción es recorrer primero el pueblo y terminar la visita con la compra de nueces y vino cocido, una variedad de vino artesanal que se realiza con el jugo de la uva hervida y concentrada.
Un viaje a Santa Cruz se completa con la visita al castillo de Dionisio Aizcorbe, un ermitaño octogenario oriundo de la provincia de Santa Fe. Llegó a este paraíso riojano hace más de dieciocho años en busca de paz y silencio. Su cabellera blanca sobrepasa los hombros, y una frondosa barba desteñida por el paso de los años se extiende hasta el pecho. El ceño fruncido, la mirada aguda, su voz clara y pausada, revelan el perfil de un hombre que asumió un proyecto de vida diferente. Dionisio habita en un castillo construido por él mismo, que se ha convertido en uno de los principales atractivos del lugar.
Esta particular morada se levanta al pie de los cerros, en las afueras de Santa Cruz, rodeado de álamos, sauces, nogales y cardones que en los días de lluvia se cubren de flores blancas, amarillas y rojas. A la orilla del castillo corren los canales de riego que bajan de las sierras del Velasco.
La construcción de la extraña fortaleza es de forma rectangular, hecha de cemento y piedra de siete metros de ancho y cinco de alto. Al llegar al lugar, lo primero que llama la atención es la puerta de acceso. Se trata de un portón de hierro revestido con cemento y en el arco superior hay una leyenda que reza: "Homenaje a Vincent Van Gogh". Encima de ella hay unas aspas de molino pintadas de color amarillo, naranja y ocre, similar a los molinos que inspiraron a Van Gogh.

Luego de atravesar el portón principal desembocamos en un pequeño jardín con diferentes esculturas. Del lado derecho está la figura de buda junto a otras esculturas orientales.

Al frente, la representación del vía crucis. Este acceso continúa por un pasadizo de columnas, rematado en el techo por una escultura de un barco vikingo que nos conduce hasta la puerta de entrada al castillo.

Todas las paredes externas de la casa de Dionisio están cubiertas por diferentes esculturas, y una de las fachadas tiene tallada una serie de dibujos con forma de máscaras de color rojo, negro y blanco con reminiscencias africanas.

Las salas interiores son espacios reducidos cuyas puertas y ventanas tienen una forma asimétrica, y algunas de ellas poseen armoniosos vitraux.

Dionisio vive totalmente solo en los laberintos de su castillo, donde habita como si fuese un duende que se escapó de un cuento de hadas. Pero en definitiva sólo se trata de un hombre que aspira a un mundo distinto y libre, que se anima a construir su castillo -extraño pero no de arena- y a conquistar la realidad de un sueño.

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