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Circuito Ciudad perdida en el Parque Nacional Talampaya






















































 

En el Parque Nacional Talampaya, orgullo máximo de los riojanos a nivel geográfico, se encuentra Ciudad Perdida, el circuito más extenso de Talampaya. Su recorrido, como el de todo el parque, es un viaje al inicio de los tiempos

Desde la ciudad de La Rioja , por la Ruta Nac. Nº 38 hasta Patquía, siguiendo por a Ruta Nº 150, para finalmente tomar la Ruta N º 26. Son 230 kilómetros en total. La duración del viaje es de tres horas en vehículo y otras tres caminando.

 

Para visitar Ciudad Perdida hace falta contratar un guía oficial. La visita puede realizarse tanto en camioneta 4 x 4 propia como en la del parque. Desde la oficina de Parques Nacionales partimos con nuestro guía desandando el mismo camino de la entrada, hasta alcanzar la Ruta Nacional Nº 76. El recorrido es muy corto. A los tres kilómetros doblamos a la izquierda por un sendero de tierra roja que nos conduce hacia las profundidades menos conocidas de Talampaya.

El árido camino serpentea por la estepa desolada de este paraje que hace
225 millones de años era un verdadero bosque tropical con grandes lagunas
y una nutrida fauna. Recorremos el lecho seco del río Guabo, que forma una verdadera autopista de arena de dos kilómetros de largo.

Cuesta creer que allí donde hoy descansa un lagarto somnoliento alguna vez transitaron los primeros dinosaurios: en el parque se descubrió el Lagosuchus Talampayensis, uno de los dinosaurios más antiguos del planeta.

Al ser un sector poco visitado del parque, es muy factible ver ejemplares de la fauna local, como una pareja de maras huyendo a los saltitos, algún zorro escabulléndose tras un arbusto e incluso manadas enteras de guanacos que nos observan petrificados y luego salen a la carrera cuando un relincho del jefe ordena la retirada. También es posible encontrarse con la
belleza cruel y colorida de una serpiente coral.

 

Un cráter de tres kilómetros

 

A lo lejos vemos la antigua y rojiza formación geológica de Los Chapares, que forma parte de la cuenca de Ischigualasto, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Luego de recorrer quince kilómetros sin mayores obstáculos para la camioneta a través del lecho del río, estacionamos el vehículo a la sombra de un algarrobo.

C omienza la caminata. Al principio, nada llama la atención. Un breve y monótono trekking sorteando dunas con jarillales presagia que a unos pocos pasos nos espera el deslumbramiento.
Como el camino va en leve ascenso, no es posible obtener una visión panorámica de lo que tenemos enfrente. Pero al llegar al punto más alto se abre frente a nosotros un inesperado cráter al ras del suelo, cuyo diámetro mide tres kilómetros, donde se alberga nuestra buscada Ciudad Perdida.

A l pie de la montaña se dilata sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la margen opuesta resplandece Ciudad de los Inmortales. Esta ciudad, quizás soñada por Borges para su cuento El Inmortal , probablemente tenga algo en común con Ciudad Perdida.

S orprendidos por el inesperado paisaje nos ubicamos en un mirador natural a observar el panorama desde el borde del cráter, que en verdad es una gigantesca depresión formada por los movimientos tectónicos que llevaron el terreno hacia abajo.
A nuestros pies se desarrolla un complejo laberinto de recintos de arena y fantásticas formaciones que se asemejan a los restos de una ciudad fantasma totalmente destruida por una lluvia de meteoritos. En su centro, Ciudad Perdida tiene una formación basáltica de color oscuro que increíblemente forma una pirámide casi perfecta llamada Mogote Negro. Pero el laberinto invita a ser descubierto, así que descendemos setenta metros hacia su interior por un sencillo flanco del cráter.

A l atravesar estos recintos originados en el período triásico, tenemos la sensación de que en cualquier momento surgirán volando tras los murallones un grupo de pterodáctilos. Su laberíntica trama, de apariencia inmóvil, se teje y desteje al arbitrio del agua y el viento.

 

A través del laberinto

 

Ya en el interior de la misteriosa Ciudad Perdida, recorremos sus entrañas por una serie de senderos naturales que, en verdad, son los cursos secos de las caprichosas corrientes de agua que se forman en el interior del cráter en épocas de lluvia. Son cursos de agua tan poderosos como breve es su existencia, ya que el terreno arenoso absorbe los caudales que en el verano ingresan por el este y, luego de ahondar el cráter, salen hacia el oeste originando el río Los Verdes. A pesar de su corta existencia, los cursos de agua van cambiando periódicamente la forma del laberinto, y esculpen extrañas formas dignas de un calidoscopio que cambia a cada momento.

Estamos frente a un frágil mundo de esculturas de arena que sobrevive inmune al pasado, desde el tiempo de los dinosaurios. Bajo el sol oblicuo del atardecer, cuando se encienden las coloradas formaciones en el poniente, un dominio silencioso nos permite atender con total nitidez a los íntimos latidos del corazón.

El paisaje difiere bastante de la imagen tradicional que uno tiene de Talampaya. Por empezar, los colores son más suaves, y el rojizo se torna rosado. Además hay otros colores, como ciertos tonos verdosos y blancuzcos, que predominan en algunos paredones.

Desde el interior de Ciudad Perdida nunca tenemos una visión panorámica del paisaje, lo que agrega su cuota de misterio y sugestión.

Luego de recorrer verdaderos pasadizos y de haber descubierto ventanas de cuadratura casi perfecta, aparece hacia el sudoeste El Anfiteatro, un hoyo en el terreno que mide alrededor de cien metros de diámetro y otros ochenta de profundidad. Este pozo, formado por la lluvia y la erosión, esconde a su vez nuevas y extrañas formaciones irregulares que se descubren cuando nos asomamos a su vertiginoso precipicio.

Finalmente se desciende hasta un cerrado cañón llamado Barrancas Coloradas por donde se llega hasta una vertiente de agua que forma un pequeño salto con un hilo de agua.

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