Los habitantes de estas tierras antes de la llegada de los españoles eran aborígenes pertenecientes a diferentes tribus. Algunas de ellas han desaparecido sin dejar constancia de sus costumbres y lengua. Otras como los mocovíes aportan datos para su entendimiento y forma de vida. Los guaycurúes pertenecían al grupo de los patagónidos, era la más norteña de las tribus. Se trataba de personas bien formadas físicamente, gente alta y hermosa, las mujeres adornaban sus cuerpos con pinturas y marcas corporales. La falta de defectuosos físicos entre ellos se debía a la eliminación de los infantes nacidos con este mal. Si existía algún discapacitado, se debería seguramente a las consecuencias de las guerras. Eran casi lampiños y se arrancaban los pelos que tenían en los rostros, incluidas las cejas. Entre los adornos del cuerpo, figuraban los collares, pendientes de conchas y de madera, los hombres se marcaban incisiones aparentando cicatrices de guerra. Solían utilizar un bezote con plumas para parecer terroríficos ante sus enemigos.
Andaban desnudos, en ocasiones se cubrían con piel ablandada, que colgaba de uno de sus hombros. Las mujeres en cambio, poseían un tipo delantal que ataban a la cintura. Las mantas que se hacían, estaban constituidas por varios cueros pequeños unidos y pintados previamente con tinta roja, ésta derivaba de cortezas hervidas en orina. Se dedicaban a la caza y a la pesca, generalmente preparaban sus platillos asándolos sobre las brasas o en parrillas de madera, en ocasiones hervían la comida tomando luego el caldo. Se alimentaban también de algunos animalitos pequeños, gordos, que freían en su propia grasa, de hierbas del campo, huevos, frutas y langostas hervidas o secadas al sol y luego molidas, agregadas a sus sopas.
Las bebidas que preparaban eran fermentadas con agua y miel silvestre, o con agua y harina de vainas de algarrobo, a la que llamaban latagá. El casamiento se efectuaba en edad no muy temprana, el hombre debía hacer regalos por la novia a su familia. Cualquiera de los cónyuges podía deshacer el vínculo si no lo consideraba adecuado. Aunque se les permitía tener a cada hombre varias esposas, casi siempre solo poseían una. Los pequeños eran criados por las madres, cuando los varones alcanzaban la edad de mozo, la crianza quedaba en manos de los padres pero toda la comunidad era responsable de su educación. La vivienda era de paja y se hacía una por cada familia. Las mismas eran precarias, por lo tanto abandonadas cuando se trasladaban de lugar o se incendiaban cuando algún morador fallecía allí.
La organización política de la aldea, estaba diagramada de la siguiente forma. Un jefe tenía a cargo la pequeña población, aunque no conservaba mucho poder. El jefe no se distinguía por su vivienda ni por su atuendo, al contrario, alcanzaba en muchas ocasiones la miseria. Los mocovíes eran muy pedigüeños, el jefe era incapaz de negar algo por no perder prestigio, llegando a quedar muy pobre. El castigo de los crímenes quedaba a cargo de la familia ofendida. El jefe intervenía cuando ambas partes lo solicitaban y mantenía la justicia con el fin de no perder autoridad. Las viejas sabias solían aconsejar al jefe, así como algunos ancianos de prestigio. Los intercambios de mujeres entre aldeas eran frecuentes ya que no se permitía por tradición el matrimonio hasta el sexto grado de consanguinidad. El sentido de pertenencia de los mocovíes fue un factor clave en el enfrentamiento ante los demás grupos, incluso ante los guaraníes que se hallaban en expansión en aquella época. El ajuar personal de los varones consistía en arcos, flechas de punta de huesos o de espina de pescado, otras flechas menores para atrapar peces, garrotes pesados, lanzas largas de afiladas puntas de madera endurecida al fuego, otras lanzas más cortas que eran arrojadizas, boleadoras aptas para la caza y para la guerra.
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