Es la madrugada del mes de Marzo y las aguas del Castaño muestran aún el tinte celeste del arrastre de los deshielos.
En el río Castaño los pequeños bagres de torrente se escabullen de piedra en piedra tratando de no ser arrastrados por la corriente principal y veloz, lo que representaría una muerte segura entre los dientes de las marrones de montaña.
Lo que hasta ese momento me parecían sombríos vigías de roca son ahora brillantes montañas que reflejan en el río un aura dorada donde la marrón se dedica a hacer piruetas, mientras un pato que me observaba indolente comienza un batir de alas ante la cercanía de los saltos.
De pronto la siento que ha picado un pez y comienzo a tratar de traerlo , el pez no se rinde, puedo sentir con claridad el roce del leader contra las piedras del fondo, pero ya estoy cerca y él tiene todas las cartas jugadas. Me adelanto a la corriente y desenfundo el copo, una finta y decido la batalla.
No veo a nadie cerca por mucho que mire, así que deposito la trucha sobre la arena mojada, regulo la cámara y congelo este regalo del Castaño para la eternidad.
Después la reintegro al líquido, y mientras se va, me siento en la playa y me dejo embargar por eso que no sé describir, pero que me llena el pecho y me hace reír solo. El río Castaño y yo nos entendemos. |