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Cultura
Campana de una de las misines

 

 

 

 

 

 

Madre e Hija  guaraní

 

 

 

 

 

 

Guaranies

 

 

 

 

 

 

Ruinas de Santa Ana

 

 

 

 

 

 

 

Sacerdotes Jesuitas

 

 

 

 

 

 

 

Mapa de territorio Jesuita

 

 

 

 

 

 

 

Plano de concepcion de la sierra

 

 

 

 

 

 

Vasija realizada por los Jesuitas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ruinas de San Ignacio

 

 

 

 

 

 

Ruinas de San Ignacio de noche

 

 

 

 

 

 

 

Plano de San Carlos

 

 

 

 

 

 

 

 

Pueblo misionero de La Candelaria
 
Los guaraníes
 
Formaban diversas tribus organizadas en aldeas, compuestas por familias con una organización patriarcal dirigida por un cacique. Vivían en grandes casas comunitarias llamadas maloka. La economía era de tipo comunitario, cultivaban maíz, mandioca, porotos, zapallos y algodón. Eran excelentes alfareros, fabricaban dos tipos de cerámica, una lisa, pintada con colores negro y rojo sobre blanco y otra corrugada basada en relieves realizados con los dedos. Moldeaban platos, vasos, pipas, urnas funerarias y grandes recipientes que eran utilizados para fermentar bebidas alcohólicas. Los guaraníes antes de la llegada de los jesuitas, creían en un ser superior que compartía el poder con muchas otras deidades mitológicas, a las que no rendían culto alguno. Actualmente sobrevive la creencia sobre seres fantásticos que pueblan la selva y los ríos, entre otros Yaguareté Abá, hombre tigre muy feroz; Mboi yaguá, víbora con cabeza de perro que vive en los esteros; el Curupí, hombrecito velludo que anda gateando a la hora de la siesta y enlaza a sus víctimas mujeres y niños con su exageradamente largo miembro viril; el Caá Porá, gigante que devora a los humanos y fuma una pipa hecha con un cráneo; el Añá, señor de las tinieblas; Yasí yateré, enano rubio y barbudo que rapta niños y mujeres y circula desnudo con un bastón de oro para hacerse invisible; Pirá ñú, pez con cabeza de caballo que ataca a las embarcaciones; E yara que se transforma en flamenco para encantar a las muchachas. Los platos típicos de la cocina guaraní son el yopará, guiso de maíz, porotos y mandioca; el lmbaipí, choclos rallados cocinados en grasa con cebollas doradas y leche, el chipá guazú, choclo rallado con grasa y leche envuelto en hojas de pirí y cocido al horno; el yaguá hacú, trozos de carne freídos con cebollas, ajo y perejil, hervidos posteriormente con laurel y rebozados en harina de mandioca tostada; soó apua cuéra, bolas de charque tiernizado doradas y luego cocidas en caldo. Los chipás son tortas de almidón de mandioca, harina de maíz, grasa y huevo, cocidas al horno sobre hojas de banano.
 
Arquitectura Misionera
 

La evolución arquitectónica de las misiones jesuíticas acompañó las fases de su desarrollo urbanístico. Se pueden diferenciar tres épocas:

  1. La fundacional, desde 1609 hasta el repliegue y reasentamiento de las reducciones al amparo de los ríos Uruguay y Paraná, con el fin de las malocas bandeirantes en 1641.
  2. La época de consolidación en la segunda mitad del siglo XVII.
  3. El ciclo de la renovación urbana y de los grandes arquitectos desde fines del siglo XVII hasta la expulsión en 1767 y 1768.

En la época fundacional, la cultura guaraní cristianizada sufrió cambios en sus escalas de hábitat. El agrupamiento de aldeas para formar una reducción les significó integrar un grupo social más numeroso, por lo tanto, configurar una escala de asentamiento mayor que de su tradición. Las familias poligámicas, compuestas por gran cantidad de personas convivientes en una misma casa alargada, se transformaron en matrimonios monogámicos, con dos o tres hijos cada uno, en habitaciones unifamiliares que resultaron ser pequeñas, aunque por fuera conservaban su proporción habitual. La construcción de iglesias, para reunir gran número de fieles en un ámbito común, determinó que los guaraníes ingresaran a espacios interiores de escala arquitectónica monumental desconocida en su cultura, cuyos rituales eran simples y al aire libre. Los materiales de construcción, en toda la historia de las misiones jesuíticas de guaraníes, fueron los vernáculos. Al comienzo se utilizaron los de su tradición, troncos y ramas de maderas nobles en las estructuras, barro crudo amasado con fibras vegetales en los cerramientos y paja en los techos. Después se incorporaron cerámicos, ladrillos, tejas y baldosas, y finalmente, las piedras de asperón ferruginoso, rojizas, de sus canteras regionales.

 
Loreto
 
Loreto o Nuestra Señora de Loreto se fundó en 1611 sobre el Paranapanema. En 1631, se traslada a Misiones estableciéndose al sur del río Yaberiby. En 1650 Loreto tenía 1.717 habitantes, en 1667, 2089 y alcanzó una población de 6.077 habitantes en 1733, número que disminuye a solo 1500 pobladores en el año 784. La Iglesia de Loreto y la Residencia de los padres, también conocidas como colegios o conventos, constituían los edificios más importantes de la reducción. La construcción de la Iglesia difiere en algunos aspectos de las anteriores construcciones, poseía 3 naves y una escalinata formada por 4 escalones y un descanso, sus medidas eran de 27 metros de frente por 78 metros de largo, incluida la sacristía que se encontraba en la parte posterior. Los muros están actualmente cubiertos en forma total por la vegetación arbórea. Los muros laterales se conservan en gran parte y se observan los huecos que han dejado las antiguas columnas que sostenían el techo a dos aguas del edificio. La Iglesia de Loreto contaba con un órgano con dos otrieles y tres confesionarios. Se supone que el altar de la Virgen de Nuestra Señora de Loreto podría reproducir la forma y relieve de la casita de Nazaret, con la decoración de su estructura que se conserva actualmente en el santuario de Loreto, en Italia. Pese a sus tres naves, la Iglesia de Loreto, como la mayoría de las Iglesias Jesuíticas de la reducción, se asemejan en algo a las antiguas basílicas romanas, ya que su objetivo principal era el de reunir a la mayor cantidad de fieles posible. En el fondo del edificio de la Iglesia, en ruinas, existen dos habitaciones de 8 metros de ancho por 14 metros de largo, que se supone debían ser las sacristías, ya que éstas siempre se encontraban anexas al templo. Entre el altar de la Virgen y el Altar Mayor se delimitaba un recinto que era el Presbiterio, que ocupaba el centro del edificio por detrás del Altar mayor y hasta el muro perimetral del templo, en la parte posterior se ubicaba otra habitación, la Contrasacristía, a la que se accedía por dos puertas laterales.
 
San Javier
 
El conjunto de San Javier es la planta de un pueblo grande, situado en una loma dominante, en una estratégica curva del río Uruguay. En elevación sólo hay algunas construcciones, basamentos bajos en los edificios principales y parte del fondo de la iglesia. Pero a ese nivel superficial todavía eran visibles en la década de 1980 buena parte de la huerta y dependencias, todo el casco (cementerio, templo, residencia y talleres) y no menos de 30 pabellones de viviendas. La sacristía y el presbiterio conservan muros de dos metros altura, siendo la iglesia la que se encuentra en peor estado de conservación. Las construcciones más amenazadas son las ubicadas al norte y este de la plaza que está cubierta en parte por un cañaveral. En este conjunto es destacable el sitio que fuera elegido para su emplazamiento, en el punto más alto del lugar desde el cual se domina todo el paraje y el panorama del río Uruguay, siendo este un aspecto tenido muy en cuenta por quienes construyeron la misión, tal como puede comprobarse por la posición que se dio a los talleres, que se encuentran a un nivel inferior al colegio y más retirados de la huerta, para no interceptar la visual. En la galería del colegio, se conserva todavía parte de la amplia escalinata con fragmentos de asperón con tallas, bases y capitales de columnas muy bien trabajadas. Frente a lo que debió ser el cotiguazú, en el camino que partía desde ahí hacia el cerrito, a orillas del río Uruguay, se levantaba una capilla que seguramente servía también de atalaya, de la cual quedan aún cimientos y tejas.
 
Santa María la Mayor
 
Este conjunto arquitectónico es uno de los más conocidos aunque es el menos extenso de Misiones. Debe su fama en primer término a su residencia, la mejor conservada junto con la de San Ignacio Miní. El patio de talleres es pequeño, y las viviendas, muy pocas son semejantes a las de San Ignacio y Santa Ana. Cuando fueron expulsados los Jesuitas, había solamente trece hileras de viviendas, que integraban un núcleo urbano pequeño, si se las compara con las 68 de Apóstoles. El resto de las construcciones están destruidas. La mayor parte de Santa María está bajo tierra. Santa María reúne los vestigios de un pequeño pueblo jesuítico a medio hacer. No tenía iglesia y el galpón que se usaba como tal no se encontraba en la plaza, sino en una plazoleta adyacente habilitada provisoriamente desplazando al antiguo cementerio. Su vieja iglesia de grandes dimensiones, contemporánea a los primitivos aposentos que dan a la plaza, usados como residencia en los primeros años del establecimiento, se incendió según las crónicas en el año 1735 o 1738, mientras se proyectaba otra para reemplazarla, se abrieron algunos de los locales que separaban los patios, desplazando su mampostería hasta las columnas de las galerías para ganar anchura. Esa es la iglesia que hoy llama la atención en Santa María la Mayor. Cuando los Jesuitas fueron expulsados, tenían todo el maderamen para la nueva iglesia enfrente de la plaza. La expulsión los sorprendió entre las operaciones de demolición de lo viejo y de construcción de lo nuevo. Solo quedan a la vista algunos muros aprovechados por locales secundarios.
 
Corpus
 
El conjunto de ruinas de Corpus se extiende en torno al cementerio del pueblo actual, que ocupa una parte de la antigua plaza jesuítica. Se llega al conjunto jesuítico desde el centro del pueblo actual, por un camino de ripio. La destrucción de los vestigios jesuíticos es tan antigua como la colonización de la primera capital del Territorio Nacional de Misiones. Esta fue una zona de temprana colonización, ocupada desde mediado del siglo XIX por paraguayos y brasileños, seguidos por sucesivos contingentes de inmigrantes europeos, franceses, suizos, polacos y húngaros. La intensiva ocupación de las tierras adyacentes a las ruinas jesuíticas subdividas en pequeñas chacras, dio lugar a asentamientos que poblaron densamente el entorno, donde fueron utilizados horcones y digas de madera dura, pisos, tejas y piedras labradas para realizar las nuevas construcciones. Edificios públicos y privados ostentan columnas y paredes construidas con materiales de las ruinas. La extracción de materiales útiles y la consiguiente destrucción se hizo desde la periferia hacia el centro, empezando por las viviendas que obstaculizaban la apertura de caminos impuestos por los dueños de las chacras. De esta forma desaparecieron pisos, orcones y cimientos del sector de viviendas del noreste. El frente de la iglesia, que tenía un atrio techado profundo y una escalinata de 18 escalones, que expresaba la monumentalidad del conjunto, y la pared del lado del cementerio, están bien conservados y cierran todavía hasta una altura apreciable el espacio del templo. Al fondo de la sacristía, del presbiterio y de otras dependencias, quedan montículos uniformes que aunque bastante altos, no se puede decir con certeza cuantos cimientos y muros de piedra ocultan. Siguiendo hacia el oeste se encuentra el cementerio de grandes dimensiones, la plaza es la más grande relevada hasta ahora, conserva su perímetro al nivel de cimientos y algunos tramos en elevación, junto con vestigios de la capilla de difuntos. Separado del cementerio por un ancho callejón, que por la particular disposición de la huerta debió ser uno de los accesos a la reducción desde el sur, un mutilado cotiguazú prolonga en esa dirección el sector este de las viviendas. Su disposición es diferente al habitualmente simétrico del oeste, con su apertura a los espacios urbanos interiores, encontrándose una relación más franca con los importantes establecimientos del entorno situado hacia el este. El sector viviendas flanquea el eje longitudinal por el este y es simétrico hasta donde se puede reconocer. En los inventarios realizados al ser expulsados los jesuitas consta en detalle el equipamiento de los templos, testimoniando el esplendor barroco de la cultura guaraní cristiana. Según dichos inventarios, la Iglesia de Corpus estaba perfectamente acabada y adornada para consagrase cuando hubiere ocasión, con tres retablos dorados y dos dorados y jaspeados, imágenes de talla, cinco grandes cuadros, uno de 5 por 8 varas, con marcos tallados y dorados, coruncopias con espejos, espejos grandes en las pechinas formadas de espejos pequeños y candelabros blandones, instrumentos musicales y objetos litúrgicos de alto valor material y artístico.
 
Ruinas de Santa Ana
 

A pocos kilómetros de las ruinas de San Ignacio Miní se encuentran las de Santa Ana. La primera reducción de Santa Ana fue fundada en las Sierras del Tapé, sobre las cabeceras del Yacuy, en actual territorio brasilero, en 1633. Como consecuencia de la acción destructora de los bandeirantes en el año 1637, 2000 guaraníes debieron emigrar de la primitiva reducción de Santa Ana junto con los sacerdotes Pedro Romero y Agustín Contreras. Después de unos años de temporario asentamiento sobre el alto Paraná, sus pobladores se afincaron definitivamente en el actual emplazamiento en 1660. El promedio poblacional de guaraníes habitantes de Santa Ana osciló entre 3800 y 4000 personas, alcanzando su apogeo en el año 1768, con 4344 habitantes. La Iglesia de Santa Ana fue una de las más hermosas de los treinta pueblos jesuíticos. Fue construida en 1725 por el arquitecto José Brassanelli.

 
San Ignacio Miní
 

Este pueblo fue fundado originalmente en la región del Guiará, en actual territorio brasilero, en el año 1610, por los padres jesuitas, José Cataldino y Simón Maseta, de origen italiano. En el año 1631 huyeron del lugar junto al pueblo de Loreto en busca de refugio, a causa de los bandeirantes, paulistas que querían cazarlos y venderlos como esclavos. El éxodo fue organizado por el padre Antonio Ruiz de Montoya, quien bajó por el río Paraná acompañado de más de doce mil guaraníes. Un año después se instalan a orillas del arroyo Yabebirí, afluente del Paraná. En 1696, se trasladan nuevamente. Loreto se ubica al Sur y San Ignacio al norte de dicho arroyo, en donde se asienta definitivamente. Encontrado el lugar óptimo, transportaron las piedras que eran traídas desde las canteras del Paraná, ubicadas a 3 kilómetros del lugar. El transporte se realizaba con la utilización de bueyes.

En la construcción se pueden distinguir dos tipos de piedras, areniscas y volcánicas o de tacurúes. En el trazado urbanístico utilizaban un sistema cuadricular o damero cuyo eje central sería la plaza de armas y a su alrededor los edificios más imponentes como la iglesia, cabildo, capillas, y detrás de estos las viviendas familiares, talleres, almacenes y depósitos. Las construcciones eran de piedras, ubicadas en forma yuxtapuestas, unidas con barro o argamasas y acuñadas para su mejor alineación, los techos eran a dos aguas, de maderas cabreadas y de tejas hechas por los indígenas. La construcción que más se destaca en las ruinas es la Iglesia, cuyas dimensiones eran 74 metros de largo por 24 metros de ancho y 15 metros de alto. Con cimientos regulares de 3,5 metros, el techo se asentaba sobre una columna de piedra en doble fila y columnas incrustadas en las paredes. La puerta principal tenía alrededor de 3.2 metros y los laterales 2,35 metros. Poseía un baptisterio y sobre este, un campanario, un altar mayor y dos menores con diversas imágenes. En el altar mayor reposan los restos de los jesuitas que estuvieron a cargo del pueblo, entre ellos los fundadores Cataldino y Maseta. A la derecha del altar, se ubicaba la sacristía y a la izquierda el Conservatorio Musical. El cementerio se ubicaba contiguo al templo. El cementerio estaba dividido en cuatro secciones, para las mujeres, hombres, chicos y chicas. No utilizaban cruces en las tumbas, simplemente colocaban lápidas con el nombre y la fecha de fallecimiento, los sepultaban en vasijas de barro llamados yapepó, en posición fetal y mirando hacia el saliente, porque creían en la reencarnación. Al costado del cementerio se encontraba el Cotiguazú (pieza grande), era una especie de hospital, asilo y orfanatorio, donde las viudas realizaban trabajos de enfermeras y asistían a todos aquellos que necesitaban de atención. A la izquierda del templo se encontraba el patio de padres, colegio, residencia, biblioteca, cocina y al sur la huerta jesuítica guaraní.

La población de San Ignacio en el año 1644 alcanzaba los 1.750 habitantes, en el año 1731, 4.536 habitantes, reduciéndose la población a 3.000 habitantes en el año 1762. Un año después de la expulsión de los jesuitas, quedaban solo 800 guaraníes. A partir de la expulsión de los jesuitas, el pueblo comienza una continua decadencia y abandono que termina en la destrucción. A principios del siglo XX, llegan a San Ignacio desde Buenos Aires dos escritores: Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga, quienes dan a conocer la existencia de vestigios de la cultura jesuítica guaraní. El Estado Nacional comienza los trabajos de recuperación y restauración de la reducción, declarada monumento histórico nacional en el año 1943 y patrimonio mundial de la humanidad en el año 1986.
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