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Viaje a Laguna Brava
Laguna Brava

 

 

 

Laguna Brava

 

 

 

Viaje a Laguna Brava

 

 

 

Viaje a Laguna Brava

 

 

 

Viaje a Laguna Brava

 

 

 

Viaje a Laguna Brava

 

 

 

Viaje a Laguna Brava

 

 

 

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Viaje a Laguna Brava

 

 

 

Viaje a Laguna Brava

 

 

 

Viaje a Laguna Brava

 

 

 

Viaje a Laguna Brava

 

Es la más audaz y bella de las excursiones cordilleranas, sólo reservada a verdaderos amantes del turismo aventura.

Requiere tres días de viaje (mínimo) desde Villa San José de Vinchina, en vehículos 4x4 o a lomo de mula. Se realiza entre abril y mayo, a octubre y noviembre, lejos de las lluvias estivales y del riguroso invierno. Es necesario llevar guía, suficiente alimento, agua, abrigo y combustible. Se puede pernoctar en los rústicos refugios para arrieros, construidos en época de Sarmiento.

 

El camino parte en Jagüé hacia el oeste y, en un accidentado y empinado ascenso, lleva a la elevada pampa, un magnífico mirador de las cumbres andinas y del lejano Famatina. Traspone una angosta quebrada que conduce al salar del Leoncito, donde comienza la Reserva Provincial de Vicuñas y Protección del Ecosistema, que se continúa en el fabuloso Parque San Guillermo, al noroeste de San Juan.

Desde allí, el camino faldea el cordón de La Punilla por el llano de Las Peladas, donde sorprende la visión de laguna Verde, con aguas color esmeralda y un blanco borde salino. Está rodeada de extensas vegas y poblada por flamencos rosados.

Luego de un ascenso a más de 4.000 m se llega a la Laguna Brava.

 

Laguna Brava

 

A más de cuatro mil metros de altura, la reserva de vicuñas y flamencos Laguna Brava es un paraíso semioculto en lo alto de la cordillera riojana.

En las alturas de la cordillera riojana, una laguna azul zafiro rodeada de sal duplica las siluetas invertidas de un centenar de flamencos rosados.

Las aves, que ofician de guardianes del silencio, permanecen indiferentes al avance de nuestro vehículo a través de la huella que bordea la laguna.

En un marco de cumbres nevadas y suaves lomadas, un viento helado sacude sin pausa la escasa vegetación, compuesta por algunos molles y coirones secos de color dorado. Avanzamos sin premura por un ambiente árido en extremo pero muy colorido, dispuestos a sumergirnos en un espejismo.

Laguna Brava es una Reserva Natural creada en 1980 para preservar a las comunidades de vicuñas y guanacos que, como consecuencia de la caza furtiva, estaban al borde de la desaparición. La reserva tiene una extensión de cuatro mil cincuenta kilómetros y abarca además una serie de lagunas menores, formadas de manera temporal como consecuencia de los deshielos.

Está ubicada al oeste de la provincia, abarcando parte de los departamentos de Vinchina y Gral. Lamadrid, a cuatrocientos cincuenta kilómetros de la capital riojana.

El nombre de Laguna Brava se debe a que ésta es la más grande de la reserva, con una superficie de diecisiete kilómetros de largo por cuatro de ancho. Además de las vicuñas y guanacos, en Laguna Brava también se protegen diversas especies de patos, chorlos, águilas moras, halcones, pumas y zorros colorados.

Nuestro viaje comienza por la mañana desde el somnoliento pueblo de Vinchina. Atravesamos la única calle del pueblo, y al cruzar el puente sobre el río Bermejo desembocamos en el laberinto de curvas de la Quebrada de La Troya. El camino es de tierra y se lo puede transitar con autos comunes recorriendo una cuesta de siete kilómetros de largo con enormes montañas de piedra arcillosa a los costados.

A medida que ascendemos, el color del cielo y las montañas es cada vez más intenso. Debido a la altura, la radiación solar atraviesa una porción menor de la atmósfera y la transparencia del ambiente permite distinguir cada pincelada del paisaje riojano.

Tras una curva, sobre la ladera de la montaña aparece la forma perfecta de La Pirámide. Se trata de una extraña formación esculpida por la lluvia y el viento, sin explicación aparente.

El camino nos conduce ahora hasta Alto Jagüel, el último poblado que se atraviesa antes de ingresar a la inmensidad de la cordillera. Allí la calle principal - que en verano se convierte en un verdadero río por el agua de los deshielos-, es una huella profunda entre dos barrancos de tierra de un metro y medio de altura, sobre los que se asienta un gran caserío. Las casas son de adobe con pequeñas puertas y ventanas de madera herméticamente cerradas. Al final de la calle, el viento arremolina unas ramas secas al pie de una vieja capilla de adobe sin techo que parece a punto de desplomarse.

Es la hora de la siesta, y como parece un pueblo fantasma no se ve una sola silueta humana ni se oye siquiera el canto de los pájaros.

Detenemos la camioneta frente de la oficina municipal de Alto Jagüel en busca del guardafauna de la reserva, quien nos acompañará en esta travesía.

Se trata de uno de los cuatro baqueanos que, por el conocimiento que tienen de la zona, cumplen el trabajo de guía y registran el ingreso de turistas a la reserva. A partir de allí el camino continúa por la Quebrada Santo Domingo, a través de suaves lomadas que parecen recubiertas de un terciopelo azul, verde, violeta, marrón y anaranjado, debido a los minerales del suelo.

Cada tanto, sobre las laderas desérticas, la carrera grácil de los guanacos y vicuñas interrumpe la quietud de las piedras de las alturas.

 
Un antiguo refugio

 

Al llegar a la Quebrada del Peón se ven unas enormes conformaciones pétreas de forma irregular que el sol de la siesta pinta de dorado. Al costado del camino se levanta una gran montaña, y por su cercanía pareciera que en cualquier momento alguna piedra va a caer sobre el techo de nuestro vehículo

En plena quebrada detenemos la marcha, y al bajar del vehículo nos enfrentamos al rigor del clima andino: en pleno día de enero el termómetro marca ocho grados.
Caminamos por la orilla de la ruta hasta una curiosa construcción circular de paredes de piedra y argamasa (mezcla de cal y tierra) que mide cinco metros de diámetro por tres y medio de altura. Su arquitectura -similar a la de un iglú- termina en una cúpula con una pequeña abertura en la parte superior. Se trata de uno de los trece refugios de la zona construidos entre 1864 y 1873 para albergar a los arrieros que conducían ganado a Chile durante la guerra de ese país contra Perú y Bolivia, por los desiertos de Atacama y Tarapacá.

Continuamos el ascenso hasta los cuatro mil metros de altura, entre lomadas de arena de variados colores. En cierto momento un integrante de la travesía descubre en el suelo la sombra proyectada de un cóndor, con los tres metros de sus alas desplegadas en absoluta inmovilidad. Al levantar la mirada descubrimos dos soberbios ejemplares deslizándose a baja altura. Y de repente , aprovechando un viento zonda, remontan altura con un vuelo lento y circular hasta perderse en el cielo convertidos en un punto diminuto.

 

Laguna Brava

 

Al final de la quebrada abandonamos el camino principal y nos internamos a baja velocidad por una huella de ripio, directamente sobre las lomadas de arena. De pronto, una tormenta de granizo descarga su furia sobre nuestro vehículo interrumpiéndonos la visión por completo. En ese momento debemos detener la marcha. El guardafauna aprovecha la espera para contarnos que unos antiguos arrieros y cazadores creían que la Laguna Brava rechazaba a los extraños reaccionando con vendavales, truenos y tempestades.

Pasado un rato se aquieta el temporal, y en medio de un amplio valle aparece la imagen de una laguna ovalada con majestuosos picos alrededor, como El Veladero, Bonete Chico y Pissis, el segundo más alto de América, con seis mil ochocientos ochenta y dos metros sobre el nivel del mar.

A lo lejos vemos los restos de un avión abandonado que debió realizar un aterrizaje de emergencia en los años '50 mientras transportaba caballos de raza desde Perú hacia Chile. Cuando nos acercamos descubrimos los restos sedimentados de un caballo entero.

Al caminar por la playa hasta la orilla de la laguna, sobre un suelo de sal, una suave brisa helada nos lacera la piel del rostro y las manos. Pero la serenidad del ambiente se interrumpe de golpe cuando un centenar de flamencos rosados levanta vuelo al unísono.
Hemos llegado para interrumpir la calma absoluta del reino de la soledad, un descomunal valle multicolor donde las montañas adquieren extraños tintes de azul, naranja, verde, violeta y marrón. Son los colores del silencio.

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