El efecto de la expulsión tuvo diversas conse cuencias: en lo social, se perdió el ascendiente de las clases altas, donde la Orden actuaba como educadora, orientadora y confesora. En lo religioso, los jesuitas fueron reemplazados por los franciscanos que, desde sus diferentes «colegios» (división territorial de esa Orden) tuvieron que enviar contingentes que reemplazaron -malamente en un principio- las diferentes labores evangelizado ras y educadoras de los jesuitas. En lo económico, el efecto inmediato fue desastroso, pues se disol vió, en un instante y por falta de dirección, toda la infraestructura agroindustrial montada por la Orden , pero tuvo, a mediano plazo, el efecto del ascenso de una nueva clase socioeconómica. Todas las propiedades jesuíticas de carácter no religioso ni educativo pasaron, por Real disposición, a poder de la Corona y fueron administradas por la expresamente creada Junta de Temporalidades, que debió traspasarlas a particu lares, al más breve plazo y por pública licitación. Los principales adquirentes de estos bienes fueron comerciantes y navegantes, una clase social emergente en la Colonia de mediados del siglo XVIII. Avalados por estas nuevas propiedades y por sus poderosos patrimonios, fueron los que compraron títulos nobiliarios a la Corona , crearon los Mayorazgos e instituyeron la aristocracia que orientó el país hasta fines de siglo XIX. |