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Los Jesuitas en Córdoba

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En 1607 crean el Noviciado y en 1610 fundan el Colegio Máximo de Córdoba destinado a "estudios superiores" que comprendían Latín, Artes y Teología.

En estos colegios se preparaban los novicios de la Orden provenientes de Argentina, Chile y Paraguay. El obispo de la Diócesis Fernando de Trejo y Sanabria donó toda su fortuna y bienes a la Orden , a fin de sustentar el Colegio Máximo, que fue transformado en Universidad de San Carlos por el Papa Gregorio XV en 1621 y reconocido por Real Cédula de Felipe IV en 1622.

La Compañía de Jesús estaba autorizada para conceder "grados" de bachiller, maestro, licenciado y doctor, constituyéndose en una de las primeras universidades de Latinoamérica y la primera del país.

El obispo de Trejo y Sanabria es reconocido como el fundador de la universidad.

Dentro de la Orden , sus integrantes -sacerdotes y hermanos coadjutores- tenían funciones diferenciadas. Algunos estaban afectados a la administración de las posesiones, otros actuaban en los planos del saber y la cultura dirigidos a las clases más altas de la sociedad, y otros grupos realizaban actividades para ayudar a la clase humilde y fomentaban la vocación de novicias en las Catalinas y las Teresas. En su misión de asimilación de los indígenas a la nueva estructura social de la colonia, los jesuitas abolieron la prestación personal creando el régimen del asalariado, con un sistema de trabajo comunitario, en el que cultivaban la tierra para compartir entre todos sus frutos.

En 1616 los jesuitas comienzan a ser destinatarios de considerables donaciones de bienes e inmuebles que sirvieron de base para una importante organización económica. En 1618, en Jesús Maria, sientan las bases de la Estancia de San Isidro Labrador, el primero de una serie de establecimientos destinados a la producción de todos los elementos necesarios para la supervivencia de la Orden y sus alumnos.

En 1687 el sacerdote cordobés Ignacio Duarte y Quirós dona a la Compañía de Jesús bienes y posesiones en Colonia Caroya y Córdoba para crear en esta última el Real Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Montserrat, destinado a la enseñanza secundaria, donde los alumnos residían bajo el régimen de internado. El convictorio funcionó en la que fuera vivienda de su fundador y en 1782 fue trasladado junto a la sede de la Universidad.

Las propiedades de los jesuitas se fueron diseminando en la región constituyendo una red que abarcaba las instalaciones de la ciudad, pasando por la Quinta de Santa Ana, el Puesto de La Calera , la Casa de Caroya, y las Estancias dé Santa Catalina, Jesús María, Alta Gracia, La Candelaria , San Ignacio de los Ejercicios y otras haciendas,que daban muestras de la extraordinaria capacidad de los jesuitas en aspectos que van más allá de su misión educadora y evangelizadora.

Los jesuitas fueron generando grandes fortunas que empleaban para el sostén de las casas de la Orden , colegios, iglesias y propagación de la fe. Su obra cultural y educativa alcanzó proporciones extraordinarias al brindar formación, en sus aulas universitarias, a varias generaciones de maestros y doctores, lo que sentó las bases de la Córdoba docta, reconocida como capital cultural del territorio virreinal en el siglo XVIII. En 1764 la Orden instaló la primera imprenta de Córdoba que funcionó en el edificio del Convictorio de Montserrat.

Los jesuitas, con el apoyo de un fuerte contingente de hermanos coadjutores de origen bávaro, que eran excelentes artesanos, dominaron las técnicas constructivas y el aprovechamiento de los recursos que el medio les brindaba. Con ellos realizaron la arquitectura más bella y valiosa de la época colonial. Con la cal obtenida de las sierras, los cantos rodados de los ríos, más las tejas y ladrillos por ellos fabricados, fueron levantando sus sólidos edificios, resueltos con un lenguaje barroco y estructurando los volúmenes en conjuntos armoniosos enriquecidos por los trabajos en hierro, piedra, madera, ebanistería, platería, etcétera.

   
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