Caza  en Argentina
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Cacería en Salta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Métodos y zonas

 

Las limitaciones impuestas a la actividad cinegética mayor, reducen la descripción de los sistemas a aplicar a dos especies y a tres regiones. El puma y el pecarí (labiado o de collar) en cuanto a los animales y la alta montaña, la zona intermedia entre la cordillera y el llano y la zona selvática pura.

En todas ellas, al decir de los baqueanos que acompañan al cazador y que son imprescindibles, "lo importante es tener buenos perros". Cabe aquí una aclaración referida a los canes a utilizar, ya que en otras regiones del país ya se ha hecho común la utilización de verdaderas jaurías de dogos argentinos y en otras se emplea en yunta o en grupos mayores el airedale terrier. En el caso de las vastas regiones del norte y del noroeste el término "buenos perros" se refiere pura y exclusivamente al perro baqueano, cualquiera sea su talla, origen (en la mayoría de los casos imposible de definir) y pelaje. Hemos comprobado personalmente, en varias oportunidades y a través de varias décadas que el paisano de la zona considera la baquía como una raza bien definida. No es que exija de su can una permanente disposición al sacrificio o al enfrentamiento riesgoso, muchas veces fatal para el perro cuando se trata de un puma cebado o de una piara entera de pecaríes. El paisano (cuando es cazador, más aún) quiere que el perro sirva para detectar, rastrear y ubicar a la presa, sea ésta de la especie que fuere. Por otra parte, el paisano hace caso omiso de disposiciones o reglamentos, ya que se rige por reglas de conveniencia que tienen que ver directamente con su hacienda y su seguridad personal, en muchos casos, a muchos kilómetros de todo lugar poblado y por lo tanto decide en el lugar y en el momento.

El perro baqueano es, como dijimos, un perro mestizo común. A veces llega a ser corpulento, otras, es pequeño, tanto que no llega a mantener suficiente distancia con la presa porque su galope es corto. Como se trata del fruto de cruzas múltiples entre la perra alzada y la jauría de machos que la siguen, de la misma lechigada salen perros corpulentos o de menor talla. Y se mantiene por lo general la condición de hábiles rastreadores para los menores y de buenos luchadores para los de mayor talla. El paisano, por otra parte, es bien práctico en la selección de sus auxiliares y descarta inmediatamente los que den señales de ser "maulas" y en este caso el apelativo puede traducirse como cobardes, o pusilánimes, o poco voluntariosos.

Hablamos de las jaurías y dejamos para el final las de los perros "veadeiros" de Misiones. Este can, de color pardo rojizo, se obtuvo por natural selección entre las jaurías que acompañaron a los primeros pobladores del "sertao" brasileño. Pletórico de fauna de pelo mediano, especialmente el venado de las pampas y la llamada corzuela, el ambiente impuso la utilización de esa carne prácticamente gratuita. Así surgió un perro de talla mediana, patas largas y hocico en punta, con dientes filosos y agudos. Es un gran rastreador y acomete, cuando actúa en jauría, sin hesitar. Claro que la lucha es muy limitada, ya que no se atreve con el puma, el yaguareté, el oso hormiguero grande ("tamanduá bandera") todos ellos de gran fuerza y filosas garras. Lo cierto es que el "veadeiro" (de veado, portugués; venado) ha colaborado con los cazadores del noreste, pero su fama no alcanzó los llanos de Salta y mucho menos la zona precordillerana.

De tal modo el cazador que pretenda recorrer las zonas más indicadas para la caza mayor en esta extensa provincia deberá, en primer término, convenir con los guías la provisión de jaurías y cabalgaduras. A partir de allí la caza será posible.

Dijimos antes que la caza mayor está basada en dos presas de similar importancia én su calidad de trofeos, el puma y el pecarí. La diferencia estriba también en las zonas de dispersión. Mientras el puma frecuenta indiferentemente la llanura boscosa y el páramo montañés, el pecarí en cambio prefiere siempre la selva. Este tayasuido, pariente lejano del jabalí y también del cerdo doméstico, necesita la maraña selvática por hallar en ella más fácilmente su sustento, formado por bayas de distintos árboles, raíces, larvas. El pecarí, además, no vacila en asaltar sembrados y depósitos de granos y por esa razón constituye una preocupación constante para los agricultores de la zona. Esa es la causa principal por la cual la mayoría de las provincias habilitan todos los años la caza de pecaríes.

De los dos, el considerado más agresivo es el pecarí labiado o moro. El otro, el pecarí de collar o "collarejo" es de menor talla (unos 40 cm . a la cruz). Los dos son de costumbres gregarias, pero las piaras mayores corresponden al collarejo y las más agresivas, al labiado. Al respecto, hemos asistido, en el este de Salta, hace ya varios decenios, a una "recorrida" de monte, sistema de calificación que emplean los madereros para determinar la calidad de los árboles que se venden en pie. Esa recorrida se realizó en compañía de baqueanos, uno de los cuales llevaba una jauría de mestizos de notable estirpe, ya que la mayoría de ellos ostentaba cicatrices de colmillos y garras. Los recuerdos de ese tipo quedan firmes en la memoria. La jauría era de doce perros. Cuando terminaron la recorrida quedaban ocho, cuatro habían caído en los feroces encuentros con los animales del bosque, muy especialmente con una piara de pecaríes de la cual, lamentablemente para los que éramos cazadores, no pudimos obtener ninguna presa. Lo que no dudamos nunca fue la presencia de las bestias y lo corroboramos poco después al recibir dos pieles de pecarí labiado, obsequio de uno de los paisanos que había tenido la "suerte"' de enfrentarse con un grupo menor de esos tayasuidos y ser bien práctico en el manejo de su carabina.

Cabe la explicación, con respecto a la facilidad conque se pueden perder varios perros en ese tipo de búsqueda, acerca de la forma de atacar y defenderse de los pecaríes. El caso del labiado, por ejemplo, es típico. Si bien abundan las anécdotas sobre cazadores sitiados por las bestias, que derribaron el árbol y no vacilaron en merendarse al desdichado cazador, digamos que ambos ejemplares acostumbran a actuar en conjunto. No vacila en atacar en grupo y así logra muchas veces escapar de las garras del puma o del yaguareté o jaguar. Con el ser humano y con los caballos es mucho más cauteloso y en la casi totalidad de los casos opta por dar grupas y salir de estampida.

En la misma forma actúa su pariente mayor, el jabalí europeo el cual, cuando se siente amenazado, emite sus clásicos gruñidos de alarma y corre por el bosque. Es en esa oportunidad que pueden resultar peligrosos, tanto el jabalí como el pecarí, en el caso de hallarse una persona en el rumbo que lleva la piara. En cambio, si logra poner delante de él algún obstáculo, como un tronco de mediano grosor, es seguro que la piara pasará a su lado como una exhalación y se perderá en la maraña sin otra consecuencia que el inevitable momento de ansiedad.

Para concluir esta parte de la reseña, digamos que el cuidado de la jauría depende exclusivamente del interés que el dueño de los perros tenga por sus auxiliares. El cazador deberá cubrir zonas en las cuales el desplazamiento, a pie o a caballo, no sea tan dificultoso que le impida llegar al escenario de una empacada o de una pelea con tiempo tan demorado que los perros queden a merced de los colmilludos personajes. Es lo mismo que ocurre con la caza del jabalí a cuchillo. Lo cierto es que se trata de cacerías "parforce", como dicen los franceses y por lo tanto violentas, rápidas, sólo posibles para deportistas que hayan conservado un envidiable estado físico.

El otro sistema es el rececho a pie, pero con perros sujetos hasta encontrar rastrilladas frescas. Ubicada así la piara, será entonces cuestión de minutos soltar a los canes y seguirlos. Debemos señalar que la mayoría de los guías en la actualidad, ante la posibilidad de realizar varias salidas contratados, prefieren la caza preparada de antemano antes que la recorrida improvisada que pueda significarle la pérdida de sus valiosos auxiliares.

El puma implica otro sistema, otra cacería y otro tipo de exigencia física. Generalmente la caza de un puma obedece al hecho de haber cometido éste alguna o varias fechorías. Este félido, junto con el yaguareté, el mayor de América, merodea en las zonas pobladas cuando una gran disminución de sus alimentos naturales, como los conejos, liebres, ciervos menores, pecaríes y aves de todo tipo lo condenan al hambre. Es entonces que se acerca a los corrales o concentraciones de hacienda menor, como el caso de ovinos y caprinos. En los Andes del sur la disminución del guanaco hizo del puma un salteador de majadas. En el norte y noroeste, especialmente en la zona precordillerana, el gran gato actúa de la misma forma y ataca las majadas y los pequeños rebaños de cabras que, en la zona de las altas cumbres, se internan por valles y quebradas en busca de los pocos pastos tiernos.

Tal lo relatado por vecinos de la zona de Cachi, más allá de la Cuesta del Obispo, en la zona de las altas cumbres. En esa zona el puma, que actúa en compañía del zorro en la búsqueda del diario sustento, suele arrebatar algún cabrito a la vista y paciencia de la cuidadora del rebaño, generalmente una criatura de no más de diez años. La guardia se establece con dos o varios perros, pero el puma es muy astuto y logra su propósito muchas veces. Es cuando el lugareño se pone de acuerdo con otros vecinos y se decide la batida para terminar con los daños.

Actualmente y cuando el atrevimiento del puma se hace muy oneroso, se opta por ponerse en contacto con grupos de cazadores de distintos centros poblados, especialmente de la capital y otras ciudades de la provincia. Con el constante promocionar de la actividad cinegética, los lugareños, en algunos casos, se comunican con los clubes de caza y éstos a su vez con empresas turísticas encargadas de safaris con clientes locales y del exterior.

La cacería se realiza por medio de baqueanos y, cuando se ubica relativamente al felino se reúne una regular cantidad de perros baqueanos y los jinetes se concentran en determinado punto próximo al lugar preestablecido. Generalmente la caza es un rececho puro, es decir, que los cazadores tratan de obligar a la fiera a salir de su cubil. Para ello nada mejor que acosarla con perros. De esta forma, el puma optará por sumirse en el fondo de alguna cueva o huir a la carrera en busca de alguna espesura de vegetación, bastante rala por cierto como lo es toda planta xerófila pero también muy resistente. Por lo común el animal acosado termina por subir a la copa de un árbol y allí es ubicado por los ladridos de los perros y finalmente ultimado a tiros de rifle o escopeta con postas.

Toda esta somera descripción indicaría una simple matanza si no estuviera rodeada de una serie de exigencias y sacrificios que muchas veces incluyen el pernoctar a cielo abierto, con heladas o escarchilla, emponchados junto a un breve fuego de "leña de vaca". Como contrapartida, el cazador tendrá la oportunidad de conocer regiones actualmente mantenidas dentro del paisaje y la forma de vida de hace más de un siglo.

Otro de los sistemas, que se aplica en la zona llana, boscosa, es la caza al acecho, que se cumple generalmente mediante la utilización de un cebo vivo. Casi siempre es un cabritillo, pero los baqueanos sostienen que lo más rendidor, tanto para el puma como, en el caso de las zonas del continente donde se permite su caza, el yaguareté, la presa infalible es el lechón vivo. También en estas circunstancias se requieren los informes previos de los lugareños con respecto a la actividad de los felinos. En el bosque, la comisión de fechorías de los pumas es bastante menor, ya que abunda allí la vida silvestre, conejos, cuises, corzuelas, monos, charatas, pavas del monte, perdices, es decir, toda la amplia gama que constituye el alimento habitual del puma. Sin embargo, suele ocurrir que los grandes felinos opten por la "caza fácil".

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