En los informes sobre caza mayor de esta provincia se señala que integran ese panorama cinegético el puma, el pecarí, el guanaco, la vicuña, la llama y el ñandú y se aclara que, salvo los dos primeros, el resto está protegido y su caza prohibida. Ocurre que tanto el puma como los suidos encuentran eficaz protección en la multiplicidad de quebradas, montes xerófilos y planicies inhóspitas donde difícilmente haya asentamientos humanos. Pero ocurre que, áridos y todo, como el resto de la precordillera hacia el norte, esos páramos pueden ofrecer algún alimento a las especies más sufridas de ovinos y caprinos. Y que el puma y también el pecarí aprovechen esa circunstancia para obtener comida con poco esfuerzo, ya que siempre les será más fácil alcanzar a un animal doméstico que a uno silvestre. Por esa causa la caza del puma es ya tradicional en La Rioja. Generalmente se realiza con jaurías de perros mestizos, todos ellos muy baqueanos y la mayoría con huellas de los singulares combates sostenidos con el gran felino. Es similar la caza del pecarí. En los dos casos, cuando se efectúa el rececho, el cazador deberá disponer de buenas cabalgaduras. De lo contrario la caza se efectuará al acecho en aguadas o comederos previstos. En cuanto a la caza menor, las especies promocionadas son el conejo de los palos, escurridizo y de pequeño tamaño, la liebre europea, la vizcacha, la vizcacha de la sierra o chinchillón, los quirquinchos mulitas, la perdiz copetona y la de la sierra, algo menor que la primera, denominada también yuto y la taguá o gallareta de alas blancas, denominada también fúlica, habitante de los embalses y diques. Las cantidades varían de acuerdo con las condiciones de cada temporada pero en la mayoría de los casos se autorizan entre dos y cinco ejemplares, según la especie, por día y por cazador. Tanto para la caza menor como para la mayor, tal como ocurre en el resto de las provincias, se exige el correspondiente permiso o licencia provincial y el permiso o autorización del dueño del campo. En el caso de la caza mayor, que requiere excursiones prolongadas por la zona montañosa, es fundamental el empleo de buenos guías. En la caza menor las preferencias están por el recorrido de los faldeos, a caballo, con el perro alzado, en busca de asentamientos de tinamiformes que una vez constatados por el guía (es inevitable, al menos para las primeras salidas, contar con ese auxiliar) darán lugar a una batida previo aseguramiento de las cabalgaduras. De esa forma evitaremos agotar a nuestro auxiliar en una permanente recorrida de zonas quebradas, llenas de plantas espinosas y que muchas veces (casi siempre por falta de agua) carecen prácticamente de fauna menor. |