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Cabalgando entre bosques y médanos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por la Av. Bunge salimos del casco urbano de la localidad y doblamos en la calle Intermédanos. Nos habían indicado que al final de la misma encontraríamos a don Ismael y, con él, a sus caballos, a la espera de visitantes para transportarlos por los alrededores del lugar.

 

Lo que no nos habían dicho, y que nosotros percibimos ni bien llegamos, fue el placer que uno siente al conocer a don Ismael. De entrada nomás, su sonrisa, la curtida mano estrechada para el cordial saludo, y esa tonada característica de las personas de campo, nos dejaron entrever que aquel hombre con pañuelo al cuello, boina bordó y faja con guarda pampa, era un baqueano de pura cepa, y que se iba a encargar de brindarnos todo lo necesario, y quizá más, para que disfrutáramos al máximo de la experiencia.

 

Pinamar tiene estas cosas. Ciudad "glamorosa", destino de mega-desfiles y de deportes exclusivos, como lo es una práctica de golf en una de las mejores canchas del país, sabe conjugar parte de esa belleza con esta otra, más natural, pausada y tranquila, con gente que se brinda entera para que el turista se sienta importante.

Luego de acomodar los aperos de montar y la altura de los estribos, nos fuimos, riendas en mano, a las entrañas del bosque de pinos, acacias, aromos y eucaliptos. Esta clase de paseos brinda silencios profundos, ideales para relajarse y reflexionar o simplemente para disfrutar intensamente de la naturaleza.

 

Los caballos que nos transportan están acostumbrados a llevar a personas desconocidas, ¡hasta parecen conocer el camino de memoria! Lo ideal es llevarlos al tranco y no separarse del grupo, y de don Ismael -por supuesto-, así escuchamos la locuaz explicación sobre los distintos sitios que vamos atravesando. Estas razones nos permiten asegurar que la excursión es apta para toda la familia.

Con los equinos nos desplazamos por un senderito que de a poco se torna desafiante.

Los médanos comienzan a aparecer y con ellos las ganas de treparlos, de conquistarlos, para así sentir el viento y el estruendo del mar. No tardamos mucho en taconear a los caballos, que rápidamente responden al mando y, en un abrir y cerrar de ojos, nos dejan en lo alto de la duna, contemplando el plomizo horizonte.

 

Observar desde la imaginaria medianera hacia ambos lados es una experiencia alucinante. En un sector, observamos a la naturaleza, quizá en una de sus máximas expresiones: anchas y amarillas arenas parecen darle la bienvenida a un eterno océano, igual y distinto a cada instante. En el otro punto observamos cómo los esfuerzos mancomunados de los arquitectos Jorge Bunge y Héctor Manuel Guerrero, le dieron forma en la década del '40 a los Montes Grandes de Juancho, que pertenecieron a José Suárez, transformándolos en el paraíso que hoy es Pinamar.

Una fría lluvia bendice ese instante. Sonreímos. Nos dejamos mojar por las gotas que caen estrepitosamente desde el firmamento. Tiempo de regresar. Ismael nos incita a cabalgar y así llegar rápidamente a su casa, nuestro refugio.

Mates y tortas fritas elaboradas por su mujer, se apoderan del momento mientras que, cobijados con grises mantas en una casita rural en las afueras de Pinamar, nuestra vida entreteje uno de los momentos más simples y bellos de nuestra historia.

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