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Navegando por el Riachuelo
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Durante una entretenida vuelta de una hora y media, el barco Ciudad de la Fe muestra la cara menos conocida del Riachuelo. El Cementerio de Barcos frente a Barracas, la Dársena de infamables y Dock Sud.
 

Nuestro Riachuelo ahora puede ser visto desde otra parte, ni desde la orilla, ni desde esa especie de vértice que es Caminito en el corazón de la Boca, sino desde sus aguas de tinta china.

A bordo del barco Ciudad de la Fe se inicia esta experiencia. La salida se realiza desde la Vuelta de Rocha hacia el puente y el antiguo Transbordador Nicolás Avellaneda, pero a los pocos minutos la nave gira a la izquierda, entre Ba rracas y la Isla Maciel.

Nos deslizamos, entonces, frente al Cementerio de Barcos. Las embarcaciones se agrupan en un desorden horizontal que se duplica en las aguas oscuras. Los barcos que no están inutilizables o en desuso, están ahí por cuestiones legales. El óxido triunfa sobre esos cascos que perdieron la gracia del mar. Detrás, las fachadas de las centenarias barracas que explican el nombre del barrio.

Con un lento giro volvemos hacia el Canal Sur. La lentitud del paseo parece guardar alguna relación con la densidad del agua. Es inevitable que algún pasajero evoque a los " mil días de María Julia" y su incumplida promesa de devolverle al Riachuelo su extraviada transparencia.

Acodados en la baranda de la "terraza" del barco pasamos bajo el transbordador Nicolás Avellaneda inaugurado; luego, el puente levadizo y, finalmente, el moderno puente vial que desemboca s en la Autopista Buenos Aires - La Plata.

Este tramo del paseo es a muy grato: las tres moles le dan forma a un emblema porteño.

A la altura de las llamadas Cua tro Bocas, donde la Isla de Mar chi hace esquina con la Dársena Sur, tomamos nuevamente hacia la izquierda y nos internamos en el canal que conecta con Dock Sud.

Aquí, los barcos se recortan contra los contenedores que se apilan sobre las dársenas. Es admirable la celeridad con que las grúas los trasladan de los barcos a los camiones que hacen fila y parten apenas son cargados.

Estas imágenes no tienen nada que ver con las de aquellas pinturas de Quinquela Martín en donde se veían hombres con las espaldas dobladas en los puentes bajo el peso de los bultos.

Aquí manda la tecnología, las gigantescas manos mecánicas que llevan de un lado a otro esos bloques metálicos de miles de kilos.

En la otra orilla se pueden ver d las destilerías petroleras. Un complejo de torres, hornos y chimeneas. El paseo adquiere ahora una fisonomía netamente industrial,

sorprendentemente atractiva. Volvemos al canal Sur y navegamos ante la llamada Dársena de Inflamables. Allí embarcan y descargan combustibles las destilerías y empresas de energía más importantes del mundo.

Para cualquier porteño conocedor de las calles y las avenidas de Buenos Aires, todo esto resulta nuevo. Es lo que siempre hubo estuvo aquí, en las orillas, en los bordes, donde la ciudad va haciéndose suburbio y zona inexplorada.

Enfrente, del lado de la Capital, aparece la usina termoeléctrica de Central Costanera, una de las principales generadoras de energía del país. Casi pegados, están los astilleros Tandanor y la fábrica de submarinos Domeq García, donde se reparan buques provenientes de distintos lugares del mundo y también de la Armada Argentina.

Aquí se terminan las dos márgenes que le daban cauce al paseo, el Riachuelo queda atrás, y deja de ser "un riachuelo" para convertirse en el Río de la Plata.

Al mirar hacia la izquierda se ve el centro porteño -las torres de la city-, pero desde un enfoque oblicuo, comprado con la postal casi frontal que se tiene al llegar desde Colonia o Montevideo.

Dos kilómetros más adelante, ante ese horizonte abierto que tanto se parece al del mar, pegamos la vuelta. De pasada por la Dársena Sur nos asomamos a Puerto Madero. El regreso nos deja en la Vuelta de Rocha.

El Riachuelo es más de lo que se ve o adivina desde la avenida Pedro de Mendoza. Hay que verlo desde el agua de tinta china.

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