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Buceo en el Lago Lácar
 
 
 
 
Los amantes del buceo de altura encuentran en el lago Lácar las mejores condiciones para realizar esta actividad en la Patagonia. Además de ser un hermoso lago enclavado en la montaña, tiene más de 25 lugares para bucear. En esta nota les mostramos las profundidades del paraje la “islita”.
 
Bucear en los lagos patagónicos constituye una experiencia distinta y única. Viviendo en San Martín de los Andes, y no teniendo que recorrer más que cuatro cuadras para llegar a la costa del lago Lácar, aprovechamos cada invitación que nos hacen para sumergirnos.
Este espejo de agua de origen glaciario posee un color azul plateado que se extiende hacia el oeste. Ubicado dentro del Parque Nacional Lanín, es el primer lago argentino que desagua en el Océano Pacífico, a través de una cuenca de ríos que culmina en las cercanías de Valdivia en Chile.
La visibilidad promedio en el lago es de 20 a 25 metros. La temperatura del agua oscila entre 19 a 21°C en verano, por lo que es el más cálido de la zona. En invierno la temperatura baja hasta los 8°C.

En menos de quince minutos llegamos en la lancha de Ricardo “Ardilla” Prono. A bordo, armamos los equipos, las parejas, el plan de buceo y uno a uno nos fuimos arrojando a las templadas aguas del Lácar.
Buscamos nuestro punto de referencia y poco a poco comenzamos a descender. La idea era dar una vuelta alrededor de la isla y observar su conformación pétrea.
Frente a la costa, presentaba poca profundidad, pero a medida que nos adentrábamos hacia el veril, la profundidad era más notoria y la “caída” más abrupta.
Como un iceberg, pero de roca, la islita continuaba con su forma irregular debajo del agua. La fauna de esta zona esta formada en su mayoría por cangrejos de río Aegla, que viven en huecos entre las rocas y los troncos, y de los que se alimentan las percas. En el fondo, predominan las almejas de agua dulce, conocidas con el nombre de diplodos. Nuestros movimientos eran lentos, por si teníamos la posibilidad de avistar alguna trucha marrón, arco iris, o con muchísima suerte alguna fontinaris. De este modo, no la asustaríamos.

Buceamos entre los 3 y los 20 metros. Observamos absolutamente todo y en menos de lo pensado terminamos la vuelta a la isla. Regresamos a la embarcación. Todo salió como lo planeamos.
De regreso a la ciudad, entre bromas y anécdotas, rememoramos los momentos vividos hacía apenas unos instantes.
Aún recuerdo el dramatismo del paisaje subacuático, el interminable silencio, el frío sentido en la profundidad y las ganas que tenía de retrasar mi vuelta a la superficie. Por estas y otras tantas razones, me prometí regresar.
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