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Buenos Aires en velero


























































































 

El Yacht Club conserva en su interior un mundo fascinante de marineros y leyendas. Una visita a este refugio de Veleros nos empujó a emprender un viaje por el río más ancho del mundo a bordo del velero Smile

 

En los últimos tiempos, Puerto Madero se ha transformado en uno de los lugares más modernos y lujosos de la ciudad de Buenos Aires.

Visitado diariamente por miles de turistas de todo el mundo, allí es posible observar cómo los viejos docks que guardaban los cereales para ser transportados al exterior han servido de esqueleto a lujosas oficinas, cines, restaurantes, bancos, hoteles y cafés, además de nuevos emprendimientos que se van diseminando armónicamente por la franja que se extiende por la Costanera Sur , desde la calle Brasil hasta la avenida Córdoba.

Dentro del reciclado puerto, se encuentra el Yacht Club, ubicado sobre la calle Victoria Ocampo y el dique. Guarda en su interior un mundo fascinante de marineros y navegantes con pipa y esas lindas cosas que inspiran la navegación. Veleros y barcos de gran envergadura, con banderas de todas partes del mundo, descansan mirando la espalda de la gran ciudad.

Decidimos embarcarnos al mediodía de un día de semana común a bordo del velero Smile ("Sonrisa"), perteneciente a Gustavo Prillo, Alberto Enguix y Federico Enguix, todos ellos navegantes con una reconocida experiencia.

Puntuales, fueron apareciendo quienes conformarían el grupo de navegantes: Federico Enguix, el timonel; Valeria Torrens, su ayudante o marinera; dos turistas inglesas llamadas Debbie y Jane, y quien escribe esta nota.

A los turistas les atrapa la idea de poder navegar "el río más ancho del mundo", y verificar la fama del gigante al que Jorge Luis Borges bautizó como el "río color de león". Navegarlo es un placer que después pueden transmitir a sus compatriotas.

 

A navegar

 

Una vez a bordo del velero, el capitán dio la primer orden, que más que orden sonó a permiso: se podía pisar la totalidad del velero y al desplazarnos por él, debíamos hacerlo con cuidado pero sin miedos. Apretó el botón de arranque del motor y así, lentamente, fuimos saliendo del embarcadero para dirigirnos hacia el puente que separa a los diques del río de la Plata.

La apertura de este puente es puntual a cada hora (desde las 8 hasta las 19), y como por él transitan a todo horario peatones y automovilistas, hay que pedir su apertura anticipadamente, algo de lo que se encargan las autoridades del yachting junto a Prefectura Nacional. En caso de que se quiera salir o entrar en algún horario especial se debe avisar con anterioridad.

A las 14 horas el puente se abrió y ya era larga la cola de veleros y barquitos que esperaban ansiosos.

Mientras se sucedían los últimos metros del dique, observábamos cómo decenas de ansiosos oficinistas miraban el paso lento del velero que los obligaba a hacer un alto con sus automóviles, en sus frenéticas carreras por llegar a tiempo a algún lado.

Sólo unos minutos atrás, todos nosotros nos encontrábamos en una situación similar. Ahora el velero comenzaba a invitarnos a su paz.

No habíamos navegado ni cien metros cuando nos sorprendió la presencia de un barco descomunal, naranja y amarillo. Se trataba del rompehielos argentino Irizar, famoso en el mundo por haber rescatado a un barco alemán que se encontraba en las congeladas aguas de la Antártida desarrollando una misión científica con todos sus tripulantes a bordo.

Mientras el velero se desplazaba lentamente con la ayuda del motor, Federico comenzó a desatar y desplegar la gran vela. Las sogas, nudos y amarres al principio resultaban un laberinto de enredos que poco a poco nuestros ojos comenzaron a desatar. Así comenzaron a cobrar otra vida y protagonismo.

Fue en ese momento cuando el sonido se fue apagando y el silencio comenzó a sentirse. Apareció el ruido de la nada, y la nada no era más que el sonido de la naturaleza, el viento que soplaba y le daba vida a la gran vela.

Metros más adelante, una especie de morro de hormigón armado señalaba el viejo Yacht Club. Para ese momento, la superficie del agua se encontraba rizada por el viento que soplaba del norte y el velero comenzaba a moverse con mayor ímpetu. Hundía su cabeza y la volvía a levantar ansiosa, para no perderse la vista del horizonte.

"Hay turistas que aman salir a navegar cuando hay viento y cuando llueve. Les encanta mojarse y sentirse como dentro de una película. Si las condiciones están dentro de lo óptimo en cuanto a la seguridad, hacemos también alguna de estas salidas. Y es tal el fanatismo que despiertan que muchos están esperando que el tiempo se descomponga para salir a navegar", cuenta Federico Enguix.

La navegación continuaba y a nuestra derecha observábamos el anexo Viamonte de la Asociación Argentina de Pesca y recibíamos el saludo cordial de pescadores que se encontraban desparramados por los cientos de metros del viejo muelle de madera.

Más lejos se podían divisar algunos edificios y un conglomerado de cemento que pertenecía a la ciudad de Avellaneda.

Patos y gaviotas nos acompañaban de cerca, pero al ver que no les ofrecíamos ningún tipo de alimento nos abandonaban en busca de otro velero. Federico le permitió experimentar lo que es comandar el velero a Debbie y así, cada uno de los que estábamos a bordo, timoneamos la embarcación durante algunos minutos junto al capitán. Algo realmente increíble.

Observamos el aeroparque Jorge Newbery y el descenso de los aviones que se perdían entre los árboles o que volaban en forma circular sobre nuestras cabezas esperando el turno para aterrizar. A lo lejos se podía distinguir el muelle del Club de Pescadores, el humo de los puestos de comida y decenas de oficinistas que miraban el río desde los paredones de la costanera norte.

Nos sorprendió observar las viejas tomas de agua potable de la ciudad, hoy inutilizadas, y los pabellones de Ciudad Universitaria. Algunas guarderías náuticas nos anunciaban que ya navegábamos cerca de la zona de Olivos.

Era tan buena la visibilidad, que a lo lejos se podía observar la costa de San Isidro.

 

Volver

 

El velero giró y comenzamos a volver, algo que según el capitán del barco realizaríamos por adentro del puerto de Buenos Aires para observar el trabajo de los portuarios. Cabe destacar que hay barcos de todas partes del mundo que esperan, con sus marineros a bordo y con sus raros nombres pintados en popa, el momento de partir rumbo a otro puerto.

Federico es un amante de la navegación, cuando lo hace se le enciende una sonrisa. Sostiene que lo más lindo es navegar de noche. "Hemos hecho salidas de luna de miel, para reconquistar a una dama e incluso para vivir una noche romántica a la luz de la luna. La ciudad de Buenos Aires de noche se transforma y todo pasa a ser un juego de luces de colores que se reflejan en las aguas del río. Estar en un velero bajo las estrellas escuchando el sonido de la majestuosa Buenos Aires y comiendo una picada típicamente argentina junto a una copa de champán es algo que no te podés perder, y menos si estás haciendo turismo"

Al llegar al lugar de partida, divisamos los edificios de la zona de Catalinas y el imponente hotel Sheraton. En el agua, la fragata Libertad, de blanco, con sus mástiles dorados, reluciente más que nunca, parecía haber entendido este boom turístico que está viviendo nuestro país. Un par de vueltas a su alrededor nos permitieron observar su grandeza. Vimos que el reloj de los ingleses, ubicado en la plaza San Martín, marcaba las 16 horas. En unos instantes se abriría el puente para regresar al embarcadero.

La sensación que uno tiene al subirse a un velero por primera vez es especial, hay expectativas y miedos comunes que se transforman en placer al cabo de algunos minutos. Cuando el viaje termina y se vuelve a pisar la costa, se empieza a mirar al velero de otro modo, se lo entiende un poco más. Algo parecido ocurre con la majestuosa ciudad de Buenos Aires.

 

Para tener en cuenta

 

Duración:
Salidas de 1/2 día: 3 horas (Buenos Aires)
Salidas de día completo: 9 horas (Buenos Aires y Delta)
Salidas nocturnas: 3 horas (Buenos Aires)
Salidas de 2 días (Colonia del Sacramento-Uruguay)
Vacaciones en velero de 7 días (Costa uruguaya)

Horario de embarque: todos los días de 8 a 19 (combinar previamente)

Sugerencias: el servicio de catering a bordo es opcional.

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