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Volando en parapente en Famatina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A doscientos kilómetros de la ciudad de La Rioja , se encuentra Famatina, uno de los mejores lugares de la provincia para hacer realidad el anhelo de volar imitando el arte de los pájaros.

 

Camel Waidatt es instructor de parapente en Cuesta Vieja, situada a media hora de la ciudad de Chilecito. Comienza los preparativos para nuestro vuelo y conduce mientras el acompañante, sin experiencia previa, se limita a disfrutar del paisaje.

Luego de ajustar bien los arneses y colocarnos el casco, nos mantenemos a la espera de un viento adecuado para lanzarnos sobre el precipicio.

Al comienzo intentamos avanzar sobre el abismo con la vela extendida, pero el viento nos empuja para atrás con toda su fuerza. El despegue se encuentra en una especie de venturí muy grande, esto quiere decir que a la izquierda y a la derecha tenemos cordones montañosos, formándose una calle por donde el viento se desplaza con mayor velocidad.

Al tercer intento logramos doblegar las ráfagas y antes de llegar al precipicio sentimos un tirón hacia arriba. Ya estamos volando. De repente hemos quedado flotando en el aire, con los pies meciéndose suavemente a seiscientos metros de altura. Volamos por encima de las montañas en medio de un silencio absoluto, y al mirar hacia abajo se descubre que la vegetación se ha convertido en diminutos puntos verdes.

Al principio, no vamos ni para atrás ni para adelante; el instructor está estudiando las térmicas y dinámicas, - esas corrientes cálidas que pueblan el vacío y que nos permiten mantenernos en el aire. No se puede negar que la experiencia despierta cierto temor, sobre todo si pensamos que nuestras vidas penden de unos hilos muy finos.pero resistentes.

La tensión cede cuando descubrimos que el vuelo es muy distendido y a poca velocidad.

Pasado el susto inicial, Camel hace que el parapente comience a avanzar y a dar largas vueltas en "U". Un viento zonda sirve para cobrar altura y comenzamos a recorrer, desde todos los ángulos, un valle encerrado entre dos montañas.

La mirada desde esta perspectiva aérea es totalmente distinta a cualquier otra. Se ve la

Sierra del Velasco y un hilo que cruza infinitamente todo el Valle: es la famosa ruta 40, la más larga del país. En medio del valle, que da origen a numerosas térmicas, la habilidad del piloto juega un papel importante para lograr mantenerse suspendido en el aire por más tiempo.

Durante el vuelo se puede conversar tranquilamente. El instructor comenta que Cuesta Vieja es el nombre con que se conoce la zona de despegue, descubierta en 1996. El nombre se debe a una cuesta para el paso de caballos por donde, años atrás, pasaba el chasqui del país que recorría la ciudad de Famatina hasta el pueblito de Antinaco, distante a cuarenta kilómetros.

El lugar de despegue tiene unos mil quinientos cincuenta metros sobre el nivel del mar. Su altura con respecto al Valle de Antinaco es de seiscientos metros y está orientado hacia el este, lo cual nos permite despegar, ganar altura y viajar sin dificultades.

A veces algún cóndor se suma a la misma térmica por la que se eleva un parapente,

ubicándose a escasos veinte metros de distancia. A la media hora decidimos volver a la misma saliente de la que habíamos partido prometiéndonos regresar a la tarde siguiente para realizar una salida nocturna.

 

Vuelo Nocturno
 

Al atardecer nos atrevimos a realizar un vuelo nocturno. Con los últimos rayos del sol detrás del Cerro Famatina, y un viento de treinta kilómetros por hora, logramos subir hasta novecientos metros sobre el valle. Volamos alrededor de cuarenta y cinco minutos. A esa altura el brillo de las estrellas y la iluminación de la luna alumbraban con nitidez el filo de las montañas.

La experiencia de volar de noche es significativamente diferente a la anterior, ya que debido a la ausencia de térmicas el vuelos es más suave. Eso sí, hay que calcular bien las transiciones -cambios en la dirección del viento- ya que no hay térmicas para sostenerse.

Nuestra meta era volar hasta la medianoche, pero como el calor del aire no era suficiente para mantenernos flotando, decidimos emprender el aterrizaje unas horas antes.

En medio del desierto, el destello de las estrellas y un silencio infinito, eran nuestra única compañía, y cuando todo había terminado nos invadió un extraño éxtasis: la sensación de haber estado unos instantes colgados de un rayo de luna.

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