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Vuelo en Parapente en los cerros de Chapelco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En San Marín de los Andes se pude hacer realidad el vuelo en parapente en el cerro de Chapelco

 

Hacía tiempo que quería tirarme en parapente y cumplir con ese sueño ancestral que poseen los hombres de volar como las aves. En San Marín de los Andes pude hacerlo realidad gracias a una invitación que recibí por parte de Juan Fernández, el único que realiza esta actividad con fines turísticos en la zona. La suerte estaba de mi lado; cuando lo llamé al celular para coordinar y poder efectuar la excursión me dijo " Ponete ropa cómoda que en 10 minutos te paso a buscar y salimos para la pampita de despegue".

Bien puntual me estaba esperando con su camioneta roja en la puerta de casa; junto a Juan estaban Mario y Sebastián, dos turistas que al igual que yo querían incursionar en un bautismo aéreo en parapente. Realizadas las presentaciones formales partimos para el barrio Faldeos del Chapelco que se encuentra a unos 5 Km. del centro de la ciudad, saliendo por la Av. Koessler.

En el trayecto la adrenalina ya se respiraba en el aire. Mario - de Cipolletti - era músico en una banda de covers que se dedicaba a tocar los fines de semana en distintos pubs de la Patagonia, mientras que Sebastián - de Capital Federal - era abogado y según él había decidido pasar un lindas vacaciones lejos del asfalto y del ruido cotidiano de la inmensa metrópoli. Tres almas distintas, más la de Juan - por supuesto- nos unimos para disfrutar a fondo de una misma pasión - la de estar suspendido en el aire.

El día estaba especial, un sol radiante y nada de nubes eran sinónimos de que íbamos a recibir buenas ascendentes "térmicas" de viento para disfrutar de un vuelo excepcional.

Al llegar al barrio de los Faldeos, comenzamos a subir por un camino de tierra y ripio hasta la pampita de despegue a unos 150 mts. aproximadamente . Bajamos de la "chata", como le decía Juan a su camioneta, y sobre la cima del cerro nos esperaba Micaela, la esposa de Juan, quién nos iría a buscar al lugar de aterrizaje, una vez culminado el vuelo.

En la caja del vehículo estaba el parapente prolijamente doblado, cascos, arneses, dos sillas para realizar vuelos biplazas, paracaídas de emergencia y demás equipamiento que imaginé íbamos a utilizar.

Mientras que Micaela bajaba todos los aparatos del vehículo, Juan comenzó con la charla de seguridad.
Juan Fernández es una persona con una vasta experiencia en el tema de vuelos en parapente, el primer planeo en montaña lo realizó en el año 1991 en la ciudad de Merlo, Pcia. de San Luis, mientras que en vientos patagónicos hace 10 años que desarrolla la actividad. Por estas razones presté especial atención a cada palabra que dijo antes de hacer el despegue.

El acompañante debe realizar un tipo de movimientos específicos que permitan al guía controlar al parapente. El instructor se coloca detrás de la persona y éste último con un pie delante del otro debe estar atento a la voz de mando que recibirá para que el parapente se infle y logre su posición natural de vuelo.

Hay que comprender que para volar en la región patagónica, se debe conocer bien como circula el viento, la conformación y tipos de nubes, y observar el horizonte para dilucidar lo que se puede avecinar; por estás razones, a diferencia de otros lados, en una temporada se alcanza a volar el 30 % de los días, es decir que cada 100 días, sólo 30 son ideales para realizar este tipo de deportes extremos.

El vuelo en parapente no tiene límites de sexo ni de edad, su seguridad es casi total, pero depende de las condiciones climáticas y psicofísicas de las personas al momento de volar.

Todo explicado y dispuesto a la aventura comencé por colocarme el equipo. Primero la silla que se adapta anatómicamente al cuerpo y después el casco.

Antes de ponerme delante de Juan tome unos minutos para observar la inmensidad del paisaje que estaba a punto de sobrevolar.

Tomé coraje y sin rodeos me puse en la posición que el guía nos había enseñado. Tiempo de descuento. Teníamos que esperar una brisa de aire caliente para poder inflar rápidamente el parapente.

¡ Corre, corre, corre ! grito Juancito, unos 10 mts. fueron suficientes para que el parapente se pusiera con todo su esplendor. Se termino la pampita y casi sin darme cuenta estaba en el aire... volando!!

Espectacular, no existen metáforas para explicar la sensación de estar como las aves suspendido en el aire.

Desde las alturas comencé a experimentar una satisfacción jamás vivida. Tranquilidad, serenidad, sólo la brisa del viento acariciando la frente.

Juro que nunca tuve miedo y la vista desde arriba me fascinó,

Observé cada detalle del paisaje que me circundaba. Advertí la región de los barrios Villa Vega Maipú y de Villa Vega San Martín, el Cerro Curruhuinca , el Cerro Colorado con su forma cónica y su color rojizo, toda la zona del barrio Caleuche y gran parte del valle de San Martín de los Andes, además de chacras y montañas con sus picos nevados

Como telón de fondo estaba el Cerro Torta que forma parte del Cordón Chapelco, donde el lugar de por sí ya es un atractivo interesante.

Una vez que se despega, el resto del viaje se disfruta sentado en una silla con respaldo que permite tener una posición comodísima y poder disfrutar mejor del increíble ángulo que se tiene desde el aire.
La velocidad promedio que se alcanza a desarrollar es de unos 15 a 25 Km/h, lo que permite apreciar el paisaje sin ningún tipo de perturbación.
De pronto otra corriente de viento térmica provocada por el calentamiento del sol en el suelo nos regala unos segundos de más altura. Vértigo.
Toda la experiencia de Juan hace que encuentre la ráfaga que sube por la ladera, provocando mayor presión sobre la vela del parapente, haciendo que éste se atrase y se mueva un poco sobre su eje, marcando una diferencia de altura, haciéndonos notar una considerable ascendencia.

Todo es sensación de paz y tranquilidad, lo único que se escucha es el aire que susurra en los oídos y nada más.

Poco a poco la fuerza de gravedad hizo lo suyo y lentamente fuimos descendiendo sobre un verde mallín que esta en el extenso valle entre la pampita de despegue y el Cerro Curruhuinca.
Era divertidísimo ver como las vacas y los caballos que estaban en la pradera se asustaban y corrían abriendo espacio, a medida que nos íbamos acercando.

Al tocar suelo firme, casi todo vuelve a la normalidad. Giré mi cabeza y lo mire a Juan con una sonrisa que se salía de su rostro ¿ "te gusto"? - preguntó - no respondí, el silencio era suficiente para que el simpático guía se dé cuenta que estaba extasiado. Rápidamente llego Micaela que nos venia a buscar y a cargar los equipos, todavía faltaba que se tiren Mario y Sebastián. Decidí no subir a la pampita nuevamente, quise contemplar las próximas bajada desde el valle y de ese modo darles la bienvenida a cada uno cuando culminen con su respectivo vuelo.

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