A Tiraxi se accede por la Ruta Nacional 9, pavimentada, y luego por un camino de ripio. Es un paraje con quebradas y cursos de agua.
Cruzando el río Grande, un farallón de tierra rojiza y grandes cantos azules nos hablan de una tremenda crecida del último verano. Por un sendero bordeado de pedrones multicolores, comenzamos a ascender en busca del paraje.
A nuestro paso, la primera corriente cristalina de un río acusa, con enormes rocas en su cauce, que la naturaleza mostró toda su furia y aterradora belleza no mucho tiempo atrás.
Entre curvas y contracurvas, el angosto camino de herradura va ascendiendo hasta las cumbres cercanas, mientras precipicios vertiginosos alertan al conductor sobre cualquier error.
Hacia el este, murallones de piedra definen gargantas cubiertas de pinares, donde la luz del Sol, que ahora corre hacia el poniente, ilumina grietas gigantescas y sombrías donde torrentes de agua transparente saltan de piedra en piedra, salpicando de espuma las márgenes difusas y los pinares aportan ya sus oscuros matices.
Nuestra camioneta sigue subiendo y en algunos tramos atravesamos, apenas, cornisas suspendidas entre los cerros, continuando la angosta senda que hace de camino, mientras a nuestro alrededor moles montañosas comienzan a aparecer a cada vuelta de nuestro recorrido.
Los helechos y pajonales tapizan las laderas, no sin dejar ver hondísimas grietas donde la ausencia de vegetación hace apreciar los estratos de tiempos remotos y las formaciones minerales muestran posiciones caprichosas que nos hablan de cataclismos, fracturas y hundimientos que cubrieron piadosamente las coníferas y embellecieron lianas y los siempre verdes ''ichus" con sus largas melenas.
Continuamos el camino que se parece mucho a una espiral de ascenso, mientras tanto el paisaje de los primeros tramos comienza a cambiar y como por arte de magia, las oscuras gargantas y los precipicios se aprecian menos. Al cruzar uno de los tantos ríos que riegan este paraje, van encontrando lugar las más verdes praderas, que se extienden hacia todos los puntos del horizonte, interrumpidas solamente por afloraciones también de un verde aterciopelado, donde el ganado semeja pequeños puntitos en la enormidad de las praderas bordeadas por cerros.
La piedra ha desaparecido dejando a la vista solamente la hierba alta y perfumada de las Yungas. Alcanzando el nivel de lo que serían las cumbres más bajas, un triste y exótico ciprés nos anuncia que hemos llegado al campo santo, donde tumbas antiguas anticipan que estamos por fin en la misteriosa, enigmática y bella de Tiraxi. |